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La Leyenda Negra: una denuncia de Julián Juderías, por Luis Español Bouché
Publicado en La Aventura de la Historia, nº 111, enero 2008, págs. 56-61

La aparición de la primera potencia global de la Historia, España, coincidió con la extensión de la imprenta: nacía la opinión publicada, antesala de la opinión pública. Además, España se convirtió en campeona del catolicismo trentino en el preciso momento en que media Europa se volvía protestante. El poder siempre entraña desconfianza, y resulta por lo tanto muy natural que la primera nación objeto de una importante propaganda negativa haya sido España. A esa propaganda negativa la llamamos Leyenda Negra, y consiste en una colección de topicazos antiespañoles. No hace falta recordarlos, nuestros lectores saben a qué nos referimos por Leyenda Negra, y habrán leído innumerables artículos negando la base histórica de esa Leyenda, o reafirmando su intrínseca validez. Por otro lado, habrán oído la expresión “leyenda negra” aplicada a temas muy distintos: se publican obras sobre la leyenda negra del Papa Borgia, la del Duque de Alba o el conjunto de leyendas negras que sufre la Iglesia Católica. Se trata por lo tanto de un tema conocido, por no decir manido, y sin embargo muy actual. Vamos a procurar entretener a nuestros lectores con algún dato nuevo y renovadas perspectivas.


El éxito de  una expresión


El primer estudio sistemático de la propaganda negativa sobre una nación se debe a un español, Julián Juderías Loyot (1877-1918). Se trata de la obra La Leyenda Negra, publicada en 1914, en las páginas de La Ilustración Española y editada meses después en forma de libro. En esa obra encontramos una colección de referencias a opiniones negativas acerca de España expresadas  a lo largo de distintos siglos.


El ensayo de Juderías, fue reeditado en 1917 gracias a la insistencia de un ingeniero madrileño instalado en California, Juan C. Cebrián (Juan Cebrián Cervera), que se preocupó de mejorar la imagen de España en los Estados Unidos. La edición de 1917, publicada con la ayuda de Cebrián, es la que todos conocemos y consiste en una refundición de la primera versión al que se añadió un capítulo suplementario: “La obra de España”, donde Juderías, ya no se limita a recoger las opiniones negativas sobre nuestro país sino que realiza un alegato en sentido contrario, a efectos comparativos.


Desde su publicación, la obra de Juderías y la expresión que popularizó han sido objeto de un enconado debate. Muchos se han esforzado en ampliarla y adornarla todavía más  y otros en combatirla. Para los primeros, cualquier crítica a los españoles o a sus gobernantes —por nefastos o sanguinarios que estos fueran— era consecuencia de la Leyenda Negra. Para los segundos, la obra de Juderías se limitaba a ofrecer un perfecto pretexto para no cambiar nada. Según esto, Juderías y su obra serían el ápice del revisionismo y del pensamiento reaccionario y negacionista. Así, un amargo Valle Inclán se burlaba ya de la Leyenda Negra en su esperpento Luces de Bohemia cuando un preso le confiesa a Max Estrella que teme le vayan a aplicar la “ley de fugas” y que, además, le den tormento:


MAX: ¿Pues qué temes?


EL PRESO: Que se diviertan dándome tormento.


MAX: ¡Bárbaros!


EL PRESO: Hay que conocerlos.


MAX: Canallas. ¡Y ésos son los que protestan de la leyenda negra!


Más tarde, efectivamente, al preso le aplican la “ley de fugas”, es decir, lo cosen a balazos. Max le confiesa entonces a Latino de Hispalis: “Latino, ya no puedo gritar... ¡Me muero de rabia!... Estoy mascando ortigas. Ese muerto sabía su fin... No le asustaba, pero temía el tormento... La Leyenda Negra, en estos días menguados, es la Historia de España. [...]”


Pensemos que la versión remanejada de Luces de Bohemia es de 1924, es decir sólo diez años posterior a la primera edición de La Leyenda Negra. Esto da idea del éxito de una expresión, plasmada en el Diccionario de la Real Academia Española. Allí figuran dos acepciones para “leyenda negra”, siendo la segunda una extensión o generalización de la primera:


1. Opinión contra lo español difundida a partir del siglo XVI.


2. Opinión desfavorable y generalizada sobre alguien o algo, generalmente infundada.


Ambas acepciones ya tienen vida propia en otros idiomas, siendo notable su presencia en inglés, francés e italiano, donde se utilizan respectivamente black legend, légende noire o leggenda nera. Esos ejemplos nos muestran que tanto la obra de Juderías como la expresión que él difundió han ejercido una notable influencia, no sólo en España sino en el extranjero. Sin embargo la figura de Julián Juderías y el profundo significado de su documentado ensayo han permanecido en la sombra.


Un autor olvidado


Han transcurrido 130 años desde que el 16 de septiembre de 1877 naciera Julián Juderías en el número once de la calle de Goya, en Madrid. Murió en la misma capital, cuarenta años después, dejando una obra importante y variada que ofrece numerosas facetas: fue periodista, historiador, sociólogo, traductor y activo feminista.


Una vez terminado el Bachillerato, empezó con 17 años a trabajar en el Ministerio de Estado, que hoy llamamos de Asuntos Exteriores, dedicado a las labores de traducción de prensa y documentos. Estaba por lo tanto en el mejor lugar para acceder a la actualidad europea. En el marco de su formación pasó por la Escuela de Lenguas Orientales de París, la Universidad de Leipzig y luego Odessa donde vivió varios años destinado en la embajada española como aprendiz de lenguas. Allí empezó su carrera de escritor y publicista.


Estuvo vinculado a tres de los hitos del regeneracionismo: la revista La Lectura, de la que llegó a ser redactor-jefe, el Ateneo de Madrid, del que sería Bibliotecario y el Instituto de Reformas Sociales, órgano original y muy interesante con el que la Restauración quiso abordar las cuestiones sociales y del que es hoy día heredero el Consejo Económico y Social.


Como historiador, siguió la estela de Cánovas en el sentido de estudiar los periodos de decadencia, pero también publicó libros sobre Gibraltar o Floridablanca. En su dimensión de sociólogo hay que subrayar que se trata del autor de una obra considerable sobre distintos aspectos de la miseria. En la Revista Penitenciaria y en La Lectura dio a conocer la biografía de reformadores sociales y educadores del universo protestante como Thomas John Barnardo (1845-1905), Johann Hinrich Wichern (1808-1881) y Josephine Butler (1828-1906) o bien abordaba cuestiones relativas al socialismo, al sindicalismo y al derecho de huelga. Enemigo de todo fanatismo, el católico Juderías se preocupó por divulgar en España el pensamiento social del mundo anglicano y de las iglesias evangélicas así como las ideas sociales y religiosas del conde Tolstoi, quien acabara excomulgado por la Iglesia Ortodoxa rusa. Sus artículos y libros contra la prostitución y a favor de la educación de la mujer, en la línea de su admirada Josephine Butler, convierten a Juderías en uno de los destacados adalides del feminismo en la España de su época y fue en distintas ocasiones el delegado de España en los congresos de la Federación Abolicionista Internacional.


Fue también autor de una biografía de Quevedo —autor de España defendida—, de distintos trabajos sobre Juan Valera y como políglota que dominaba dieciséis lenguas modernas, dio a conocer algunas obras de autores extranjeros como Chesterton, Selma Lagerlöf, Rémy de Gourmont, o Maeterlinck, siendo el responsable de las primeras traducciones directas de algunas obras de Puchkin, Gogol, Andrieief, Dickens, Hoffman, Pineiro Chagas o Turguenief.


A su precoz desaparición, el 19 de junio de 1918, debamos quizá atribuir el olvido de su persona y de su obra, de la que sólo se publica todavía La Leyenda Negra. Hemos tenido que esperar 89 años tras su muerte para disponer de su primera biografía y en su ciudad natal no existe placa, monumento o calle que recuerde su existencia.


La figura de Juderías no sólo ha sido olvidada, sino que alrededor de su obra han surgido toda clase de incomprensiones. Se le atribuye, erróneamente, la expresión “leyenda negra”, que él puso de moda. Habiéndose apoderado la derecha más extrema de la expresión atribuida a Juderías, se le tacha de reaccionario. Igualmente hay quien piensa que su patriotismo consistía en mero nacionalismo. Veremos de inmediato que este juicio no tiene en cuenta la realidad.


La leyenda negra de Rusia


Debemos subrayar que la preocupación de Julián Juderías por la imagen de las naciones es muy anterior a la publicación de su famoso ensayo y tampoco se centra en el caso español. Juderías se interesaba ya en 1901 acerca de la imagen de una nación: Rusia.  Cuando Juderías fue destinado a Odessa, escribió en un cuaderno de viaje:


“He resuelto anotar en este cuaderno las impresiones que experimente durante mi residencia en Rusia y el resultado de mis lecturas acerca de este país. Veremos si el concepto que he formado de él es equivocado o bien se confirma. Con los países sucede lo que con las decoraciones de los teatros; de lejos son hermosas, de cerca infames brochazos. Estoy curioso de ver si la impresión que me han causado las obras de Turguenief, de Tolstoi, de Gogol y de Thchejof se borra o impulsa de la realidad [...]”


Así que fue Rusia, y no España, el primer país por cuya imagen se interesó seriamente Juderías, su primera publicación oficial, en la Gaceta de Madrid, trataba de la situación del obrero en Rusia y su primer libro fue Rusia contemporánea (1904), en cuyo prólogo escribe:


“La idea que generalmente se tiene de Rusia no solo en España sino en toda Europa, es incompleta y errónea. Su forma de gobierno, los procedimientos un tanto duros que adoptan sus ministros al reprimir las intentonas de sublevación o de mera protesta y el empleo constante de prácticas policíacas caídas ya en desuso, dan lugar a lucubraciones filantrópicas en la Prensa europea y hacen que lo real y verdaderamente interesante del Imperio ruso, lo que es eficaz a despertar sorpresa suministrando algunas veces notables ejemplos de habilidad política, se ignore o se calle, en unos casos con sinceridad, en otros con evidente mala fe. Sin embargo no hay historia más interesante que la del pueblo ruso [...] Rusia, aparte de la actualidad que hoy pueda tener su estudio, es una de las naciones más interesantes del globo, y no hay duda que está llamada a ejercer una influencia importantísima en el desarrollo del progreso, por el lugar que ocupa en el mundo entre dos civilizaciones completamente distintas, la de Europa y la asiática; por la extensión de su territorio; por el número de sus habitantes; por su formidable expansión, y por la admirable constancia que ha revelado siempre al defender sus múltiples intereses en Europa y Asia. Hace doscientos años era Rusia una nación semisalvaje, de la cual tenía Europa un concepto muy vago y nada favorable, por cierto.”


En esta última frase está la clave: el concepto en que unas naciones tienen a otras. Pensemos en el subtítulo con que apareció su ensayo en 1914: contribución al estudio del concepto de España en Europa.


Juderías no fue el inventor de la expresión leyenda negra


No cabe duda de que Juderías es el gran difusor de la fórmula y el concepto de “leyenda negra”, pero ni es su inventor, ni pretendió serlo. La expresión “leyenda negra” es una evidente contraposición de “leyenda áurea”, y esa otra es al menos tan antigua como el clásico de Santiago de la Vorágine, del siglo XIII, la Legenda Aurea Sanctorum. Es por lo tanto probable que existan en latín, en español o en otras lenguas modernas, ejemplos de la fórmula “leyenda negra” anteriores al siglo XX.


Hemos podido hallar algunos ejemplos de autores españoles que emplearon la expresión antes que Juderías, como por ejemplo Emilia Pardo Bazán y Vicente Blasco Ibáñez en el marco de sus respectivas conferencias de París (1899) y Buenos Aires (1909).


Emilia Pardo Bazán (1851-1921)


Una mujer tan sensible e inteligente como la condesa de Pardo Bazán no podía dejar de verse afectada por la derrota de 1898. La conferencia que pronunció en París el año siguiente proclamaba que la leyenda áurea de España había dejado de existir y realizaba un crítico análisis de los orígenes del Desastre. Sin embargo, tras exponer su demoledora y nada alegre visión de la realidad española, doña Emilia también dijo que existía otra leyenda, o contraleyenda: la leyenda negra. Recojo sus palabras, poco conocidas, publicadas primero en francés y traducidas por Arturo Campión: “tengo derecho a afirmar que la contraleyenda española, la leyenda negra, divulgada por esa asquerosa prensa amarilla, mancha e ignominia de la civilización en los Estados Unidos, es mil veces más embustera que la leyenda dorada. Esta, cuando menos, arraiga en la tradición y en la historia; la disculpan y fundamentan nuestras increíbles hazañas de otros tiempos; por el contrario, la leyenda negra falsea nuestro carácter, ignora nuestra sicología y reemplaza nuestra historia contemporánea con una novela, género Ponson du Térail, con minas y contraminas, que no merece ni los honores del análisis”.


Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928)


El autor español más universal del primer tercio del siglo XX, era republicano, masón y enemigo de los jesuitas. Así que con frecuencia los elementos más conservadores lo tildaron de antipatriota. Este cliché no se corresponde con ninguna realidad. En junio de 1909 pronunció Blasco una serie de once conferencias en el teatro Odeón de Buenos Aires. En la primera, “La Argentina vista desde España”, anunciaba ya el contenido de las siguientes e introducía la expresión leyenda negra: [...] esta conferencia puede aparecer algo desordenada, como es prólogo de las otras. Expondré ante vosotros, nietos de España, ya que no hijos, sangre de sangre, carne de carne, nervio de nervio de España, lo que fue y será la madre patria. Quiero hablaros de la leyenda negra de España, surgida como una consecuencia de opiniones falsas vertidas en varios siglos de propaganda antipatriótica, de la magnífica epopeya desarrollada durante los siete siglos de la reconquista que hizo de nuestra patria un hervidero de razas y preparó al advenimiento de la otra epopeya: la del descubrimiento del Nuevo Mundo.


La segunda de las conferencias, pronunciada el 14 de junio de 1909, se titulaba “La leyenda negra de España” y retomaba la argumentación de Emilia Pardo Bazán: Entremos ahora en el terreno de la conferencia, que, como antes lo he dicho, lleva por título “La leyenda negra de España”, título un poco vago, que parece pudiera referirse a todo aquello que en nuestro pasado se refiere a la intolerancia habida en materia religiosa. No es así, sin embargo. Sobre España hay dos leyendas: la leyenda dorada y la leyenda negra.


Las conferencias argentinas de Blasco no parecen haber tenido gran repercusión en España, quizá porque un mes después de pronunciarlas conocía nuestro país el drama de la Semana Trágica y con ocasión del proceso Ferrer se desató una importante campaña internacional de apoyo a Ferrer que se transformó rápidamente en un ataque feroz a las instituciones españolas.


Modernidad de la obra de Juderías


Debemos subrayar la originalidad y modernidad del trabajo de Juderías, quien puso el acento en la propaganda misma, al margen de los propagandistas. La leyenda negra antiespañola era una realidad autónoma que sobrevivía a sus autores: si en el siglo XVI, la hispanofobia nacía de las obra de Bartolomé de Las Casas, Antonio Pérez, Guillermo de Orange, John Fox o Reinaldo González Montano, en el siglo XVIII se prolongaba gracias a algunas plumas de la Ilustración. ¿Acaso podemos olvidar que precisamente, los modernos estudios de la propaganda y la comunicación hacen hincapié en el mensaje que no en el mensajero?


El siglo XX ha sido acertadamente calificado como el siglo de la imagen, no sólo por la importancia de los medios de comunicación sino por su significado. En La Leyenda Negra Juderías se preocupa por ver como nos ven los demás, le inquieta la imagen de la comunidad a la que pertenece. Juderías escribe respecto de la Leyenda Negra algo fundamental: “esa leyenda no es cosa de lo pasado, sino algo que influye en lo presente, que perpetúa la acción de los muertos sobre los vivos y que interrumpe nuestra historia”. Al subrayar que la visión de la historia de una nación, en este caso España, influía en el propio devenir nacional, se limitaba a ponderar el carácter activo de la imagen sobre la realidad, que es uno de los hallazgos del siglo XX. Recordemos el homo videns sartoriano...


Por otra parte, esa obra representa también un interesante alegato a favor del derecho al respeto y la autoestima. Hace décadas que hemos tenido que aceptar que el derecho a la libre expresión no puede llegar hasta la difamación sistemática, y no es casual que también durante el siglo XX apareciera la primera Liga Antidifamación, fundada en octubre de 1913 en los mismos días en que Juderías había concluido su ensayo. El objeto de esa Liga consiste en “mediante apelación a la razón y la conciencia y si es necesario a la ley, detener la difamación del Pueblo judío”.


La existencia de otras leyendas negras, además de la española, indican lo acertado que estuvo Juderías al iniciar su estudio. Por ejemplo, Julián Marías observó que otra nación ha disfrutado y goza todavía del dudoso honor de sufrir una leyenda negra semejante a la española: los Estados Unidos. Y en efecto, al menos desde la II Guerra Mundial, se puede documentar una deformación sistemática de la imagen de la república norteamericana que ofrece semejantes características a la leyenda negra antiespañola, lo que no hace sino reforzar el carácter pionero de la obra de nuestro personaje. ¿No podríamos hallar otros ejemplos de grupos humanos que han sido objeto de  una singular y constante difamación? Los judíos, los negros, los homosexuales, la Iglesia Católica, los jesuitas, el Opus Dei, la masonería, y hoy los musulmanes ¿acaso no han tenido y todavía tienen su leyenda negra? De ahí se deduce cuánta razón asiste a los que han extendido, generalizándola, la expresión de Juderías. Su obra es tan intrínsecamente moderna, que ha dado pie al desarrollo de una especialidad, la imagología, o hermenéutica intercultural: el estudio de la imagen que tienen, unos de otros, los pueblos y las culturas. Juderías es sin duda el padre fundador de esa disciplina.


La deformación de la Historia como arma arrojadiza


Según ese autor, el mecanismo de la Leyenda consistiría en exagerar lo que perjudica y omitir lo favorable. Se trata por tanto de un alegato, en sentido negativo.


La elaboración de las leyendas negras recurre a la deformación de la realidad, y entre todas las realidades destaca la Historia. En 1918, menos de dos meses antes de su muerte, Juderías ingresó en la Academia de la Historia. En su discurso de ingreso expresó otra idea fundamental: que la Historia, y más concretamente la sesgada visión del pasado, era la verdadera responsable de la atroz matanza que conocemos como I Guerra Mundial, y que por aquel entonces todavía no había llegado a su término.


La Historia, esa maestra insuperable de la vida, ha sido pues, la gran inspiradora de la guerra que todos lamentamos, ya que en sus enseñanzas se fundaron: los unos, para declararla; los otros, para mantenerla; los demás, para incorporarse al grupo de naciones cuyos propósitos hermanaban mejor con los suyos, y a este efecto desenterraron pleitos antiguos, exhumaron viejos textos, hicieron valer derechos que parecían haber prescrito, alegaron pruebas inadmisibles para la crítica sensata pero fehacientes para el amor propio nacional; pusieron a contribución la psicología para demostrar el antagonismo entre unas razas y otras y la superioridad de unos pueblos sobre otros, haciendo renacer en el corazón de las gentes deseos que los labios no se atrevían a expresar”.


Como ya se ha dicho, el siglo XX ha sido la  era de la propaganda y de la comunicación: al medio tradicional que eran los periódicos, se sumaron el cine, la radio, la televisión y ahora la galaxia de Internet y la era digital. También ha sido definido como el siglo de la violencia: tienen culpa de ello dos guerras mundiales, innumerables conflictos, otras tantas guerras civiles, las dictaduras más despiadadas y el fenómeno del terrorismo. Que la violencia y la propaganda siempre vayan juntas nos lleva a preguntarnos si no existirá alguna relación entre ambos fenómenos. Algunos casos son reveladores: la guerra Hispano-Americana fue alimentada por la prensa de Hearst y Pulitzer; antes de que humearan los hornos de Auschwitz, la difusión de los falsísimos Protocolos de los Sabios de Sión o de El Judío Internacional de Henry Ford, prepararon el ambiente favorable al Holocausto; antes del atentado sobre las Torres Gemelas, los asesinos fueron alimentados con todos los tópicos antiamericanos; antes de la última invasión de Irak nos contaron una película acerca de armas de destrucción masiva.


Luego a la luz de estos ejemplos, no parece descabellado establecer que puede existir una relación directa entra la violencia y la deformación de la imagen ajena, se trate de naciones, de pueblos o de particulares. En consecuencia, ¿no consistirá nuestro primer deber en el estudio de la propaganda y el de la Historia usadas como arma arrojadiza?


Sin duda cabe a don Julián Juderías el honor de haber sido el primero en acometer esa labor.