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"En
busca de la embajada" (CAPITULO
X) Mientras Layla se estaba arreglando en la habitación de Rosellina Kíril había decidido ir a recepción para alquilarla una habitación. Como temía no disponer en efectivo del dinero suficiente para hacer la reserva, quiso preguntar a sus compañeros antes de ir, si podían prestarle algunos dólares. Todos estaban de acuerdo por unanimidad en prestarle lo que fuese necesario, además, querían contribuir ellos también para ayudar a Layla y que no fuese toda la carga económica para Kíril. Continuará...![]()
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"LA CASA DE LIUDMILA"
-¡Pues, hoy estáis de suerte! - Dijo su compañero Boris sacando varios billetes de a dólar de su billetero que colocó sobre la mesa acercándoselos a Kíril- Porque hoy los turistas han sido muy generosos conmigo y lo quiero contribuir todo para que Layla no se lleve mala impresión de nosotros los Rusos.
-¡Pues, yo no puedo decir lo mismo, hoy no me ha ido muy bien! - Dijo Másha sacando dos billetes de un dólar - Pero ayer me fue de perlas, y mañana puedo traer más.
En un momento, todos habían buscado a ver con que podían contribuir para ayudar a Layla, pues estaban de acuerdo en que ir a las autoridades a solicitar ayuda sería muy traumático para ella, e incluso podría tardar más tiempo en solucionar el regreso a su tierra. Sabían que al estar tan inestable la situación económica del país, infinidad de habitantes recurrían por todos los medios a intentar salir de él, y las autoridades desconfiaban de cuantos casos se les presentaban. En general, tanto las personas con estudios académicos o con algún talento artístico y creativo, como la gente humilde que se veía privada de los artículos básicos para subsistir, solían intentar salir del país buscando un poco de seguridad y estabilidad económica. Ttrataban de emigrar a lugares donde pudiesen tener más posibilidades de conseguirlas. Esto hacía que las autoridades recelasen de cuantos acudían alegando perdida de documentación, y que en los departamentos oficiales trabajasen con desencanto y no se esforzasen mucho por proporcionar a los solicitantes aquellos documentos que les solicitaban rápidamente, pues frecuentemente se encontraban con equivocaciones o fraudes.
Liudmila también se puso a buscar en su monedero para poder contribuir a ayudar a Layla, cuando se dio cuenta de que quizás no fuese muy buena idea el que se quedase ella sola a pasar la noche en el hotel. Conocía muy bien a la variedad de personas que se alojaban en él, y sabía que no todo eran turistas o personas respetables en viajes de negocios o de placer. Sabía que también solían hospedarse individuos lascivos que iban allí en busca de jóvenes prostitutas o de muchachitas necesitadas a las que trataban de corromper, y no se fiaba de que al verla sola intentasen abusar de ella. Aunque se notaba que Layla era una persona de grandes principios éticos y morales, temía que la viese algún individuo vicioso y necio que pese a ver que ella no se dejaría corromper, intentase al verla sola e indefensa recurrir a la fuerza para violarla, pues desgraciadamente ya se había oído que había sucedido algún caso así en un hotel bastante cercano.
Cuando Liudmila le contó sus temores a Kíril y a los demás compañeros, comprendieron que tenía bastante razón. Aún así, les parecía mejor idea que llevarla a las oficinas de inmigración o a la policía. Pensaban que sería el colmo de las desgracias el que precisamente la fuesen a molestar a su habitación, y en realidad se alojaban miles de personas a las que nunca les había sucedido ningún malestar en el hotel. Por esas razones, estaban dispuestos a permitir que pasase allí la noche, pero alertándola para que no abriese la puerta a nadie, ni siquiera a las camareras o al personal del hotel, quienes en ocasiones picaban a las habitaciones por su cuenta para ofrecerles: caviar, souvenirs o cambio de divisas. Pero les pareció mejor idea el que pasase la noche en el apartamento de Liudmila, y todos se pusieron muy contentos cuando ella les dijo que pensaba proponérselo a Layla cuando volviese de darse el baño. Sabían que era la mejor manera de que nadie la molestase y de que ella se sintiese tranquila y en buena compañía, y a todos les hubiese gustado poder ofrecerla sus viviendas de haber tenido sitio disponible. Pero en general sus casas solían ser tan pequeñas que ni siquiera los propios miembros de la familia podían tener suficiente intimidad, y sabían que no solía suceder lo mismo con las personas en Francia, pues generalmente estaban acostumbradas a tenerla, y pensaban que la resultaría violento compartir la habitación con personas desconocidas aunque se la respetase tanto físicamente como en todos los demás aspectos.
La casa de Liudmila no es que fuese más grande que la de sus compañeros, pues tan solo tenía treinta y cinco metros cuadrados, un pequeño cuarto de baño y una pequeña cocina. Pero, vivía sola, su marido había muerto hacía tres años, poco después de haberse separado provisionalmente de ella. Y su hijo Grichaska, se había ido de casa al saber la noticia de la muerte de su padre porque se había sentido culpable de lo que le había sucedido. Era la que mejor podía alojar a Layla y a la vez hacerla compañía, pues todavía no se había incorporado al trabajo debido a la depresión que estaba padeciendo.
Cuando Layla llegó a la mesa de la cafetería donde estaban Kíril, Liudmila y sus compañeros, le preguntaron que había decidido de las dos elecciones que tenía para regresar a su país con sus familiares. Se pusieron muy contentos cuando les dijo que prefería dejar en sus manos el que se pusiesen en contacto con su agencia de viajes, y quedarse con ellos unos días más hasta solucionarlo todo. También les agradó saber que aceptaba encantada alojarse con Liudmila en su casa, pues así se sentían mucho más tranquilos sabiendo que estaría segura y bien acompañada durante el día, mientras ellos realizaban su trabajo. Al anochecer, iría a buscarla Kíril con algunos de sus compañeros para poder conocerse mejor, y a la vez, enseñarla algunos lugares interesantes de la ciudad que no había podido visitar.
Como Layla no había encontrado a nadie en su casa cuando les había telefoneado, pues su hermano debía de estar en el polideportivo practicando alguno de sus deportes habituales. Y sus padres, estarían cada uno en su trabajo o atendiendo alguna de sus ocupaciones, le recomendaron que llamase un poco más tarde cuando fuese en Francia la hora en que solían regresar a casa sus familiares. Quizás debido al cambio de horario entre los dos países, o al ruido e interferencias que se detectaban en el teléfono del hotel, no les había encontrado cuando les había intentado llamar por segunda vez, y por ese motivo decidieron que ya lo haría desde la casa de Liudmila, y así podría hablar más tranquila.
Ninguno de los presentes tenía sueño, pues las emociones y la sorpresa de ver a Layla con vida les había desvelado totalmente. Pero, ya eran las dos de la madrugada y a excepción de Liudmila y Layla todos tenían que madrugar para trabajar al día siguiente, y les esperaba un rápido y abundante recorrido por la ciudad, lo cual podía ser agotador si no iban bien descansados. Por ese motivo, Liudmila les recomendó que se despidiesen y se fuesen a dormir a sus casas, quedando en volver a verse al día siguiente, y en ser ella la que se pusiese en contacto con la agencia de viajes de París, por disponer de más tiempo libre para ello.
Mientras iban en taxis Layla y Liudmila hacía su casa, la fue explicando que se trataba de un apartamento pequeño y sencillo donde había muy pocas comodidades y poca intimidad para cada miembro de la familia. A Layla no la importaba que fuese así, se sentía tan a gusto con Liudmila y la inspiraba tanta confianza, que estaba dispuesta a renunciar a cualquier comodidad con tal de sentirse en tan buena compañía. Esto, hizo que en su mente se formase una idea de sobriedad y funcionalidad con respecto a lo que sería la decoración de la casa, que distaba mucho de la realidad.
En cuanto Liudmila abrió la puerta de su casa Layla quedó totalmente sorprendida al ver tanto colorido y tanta belleza en los objetos que la rodeaban. Casi temía tocarlos, como si la pareciesen irreales y pensase que se iban a desvanecer al hacerlo. Y a la vez, sentía un deseo muy intenso de coger cuantas cosas veía para poder tocarlas sentir tu tacto y observarlas bajo todas las perspectivas posibles. Todo parecía ser de una suavidad extrema, estar tan finamente pulido que parecía carecer por completo de la más mínima aspereza. Incluso el aroma de la casa era de un agradable y suave perfume, mezcla de maderas exóticas y de hierbas aromáticas que embelesaba ligeramente, o al menos, eso le parecía a Layla quien no recordaba haber percibido nunca un aire tan fresco, agradable y limpio en ningún hogar de los que había visitado en toda su vida.
-¡Qué lugar tan bonito! - fue la primera exclamación de Layla, y añadió casi en éxtasis ante tantas cosas bonitas y sorprendentes –¡Pero, si parece que vives en una sala de un museo!
-¡Qué cosas dices! - Respondió extrañada Liudmila, pues estaba acostumbrada a todas cuantas cosas la rodeaban y no comprendía como despertaban tanta admiración. Aunque, desde luego, las apreciaba por el valor sentimental que para ella tenían - En realidad no hay nada de mucho valor, solo los típicos objetos cotidianos de la artesanía rusa, como en cualquier hogar de los que nos rodean. Todo es de utilidad, no hay nada que no cumpla su función. Algunas cosas son muy antiguas y otras son recientes, pero no hay nada que sea propiamente un adorno.
- ¿Quieres decir que todas las casas en Rusia son así de bonitas?
- Supongo que las habrá mucho más grandes y bonitas, pues a excepción de la pequeña cocina y el reducido cuarto de baño, mi casa es solo lo que ves en esta habitación.
- Pero, es todo tan precioso, que me gustaría coger todas las cosas y pararme a verlas, y observarlas detenidamente con todo detalle - Decía Layla con toda sinceridad - En París nadie tiene unos muebles tan decorados con esos dibujos lacados tan alegres y perfectos, esto solo se puede ver en los museos, en las salas de arte oriental o en palacios del estilo gótico o rococó.
- Es muy halagador lo que dices, pero creo que se debe a que esta todo muy recargado en la estancia, y esto te sorprende. Sé que en París cada miembro de la familia tiene su propia habitación, y además soléis tener sala de estar, comedor y recibidor o algo por el estilo. ¡En fin, el suficiente espacio para pode tener libertad e intimidad, por lo menos en casa!
-¡Pero las cosas no suelen ser tan lindas! Hasta esa especie de cafetera que parece echar humo es preciosa.
-¡Ah, eso es el samovar! - Dijo Liudmila señalando el bello artefacto - Está preparado para que tomemos una taza de té cuando nos apetezca.
Acto seguido, descolgó dos de las seis tacitas que colgaban de las esquinas del samovar y sirvió del grifo que tenía entre ellas dos tacitas de té caliente, a la vez que sirvió unos blinis con nata que había traído de la cocina para acompañar al té. A Layla la parecía algo sorprendente el que un juego de té tan hermoso fuese para usarlo cotidianamente en lugar de ser simplemente para adornar, pues la parecía demasiado bonito. Mientras se tomaba el té sentía como si estuviese haciendo algún acto ceremonial, y al mismo tiempo sentía como si conociese a Liudmila de toda la vida, pues se sentía con plena confianza. Por ese motivo, cuando terminó de tomarse el té cogió su taza y la levantó para poder observar con todo detalle el hermoso motivo floral con pequeños pájaros y mariposas que estaba gravado en el metal con laca policromada. Luego dio un recorrido circular al rededor del velador de laca negra con dibujos rojos, negros y dorados que se hallaba bajo el samovar, y se preguntó admirada si lo habría hecho el mismo artesano.
- ¿Sabes si la mesita la pintó el mismo que pintó el samovar?
-¡Pues seguramente que no! Porque este velador y el que tiene la mesa con el tablero de ajedrez incorporado pertenecían a mis abuelos, y nos los regalaron cuando nos casamos mi marido Misha y yo. Las piezas de ajedrez no, éstas eran un regalo del padre de Misha que además de ganar varios torneos internacionales, era un gran maestro que daba clases de ajedrez a muy alto nivel.
-¡Son preciosas, nunca había visto un ajedrez tan lindo!
Realmente parecía que todas las cosas habían sido creadas a la vez para ser conjuntadas, tanto el aparador con la vajilla y los cubiertos de madera lacados en color negro con dibujos en rojo y oro, como la librería, el ropero y los dos biombos. El de la izquierda parecía estar solo de adorno, mientras que el biombo de la derecha se veía que ocultaba una cama plegable, y ambos formaban un armonioso ambiente casi palaciego que la hacía recordar a Layla los cuentos de las mil y una noche.
los únicos aparatos que parecían pertenecer a la época actual estaban en la estrecha columna que había a la derecha de la librería, donde estaban la pantalla del ordenador, el equipo de sonido, el teléfono, el vídeo, las cintas de música, las películas y los compac-disc. Lo demás, parecían todo piezas de museo.
-¡Qué bandurrias tan bonitas y originales! - Dijo Layla fijándose en dos instrumentos muy decorativos que había colgados en la pared - ¿ Son de adorno, o también sirven para tocarlos?
- Aquí en Rusia, las llamamos balalaicas, son un instrumento típico muy antiguo pero aún se siguen tocando y tienen un sonido muy bonito. Algunas de las más bellas canciones del folklore Ruso suenan muy bien con solo tocarlas con una balalaica.
- Pero la pequeña será solo de adorno. ¿Verdad?
-¡No, la pequeña es la de mi hijo Grichaska, de cuando era pequeño y aprendió a tocarla!
-¡Entonces, la grande será la tuya! ¿Verdad? - Dijo Layla entusiasmada, y sin dejarla que contestase, añadió -¡Tócame algo por favor, me encantaría oírte algo típico!
- En realidad no es mía, era de mi marido Misha, yo apenas toco un poco de la canción de las Noches Blancas de Moscú. Me gustaba tanto esa canción, que le pedí a mi marido que me enseñase a tocarla y me aprendí solo el estribillo.
-¡Pues, tócala, por favor¡
- Lo intentaré, pero me pone muy triste, pues hace que me acuerde de él, y de cuando nos enseñaba a tocar a Grichaska y a mí.
-¡Oh, no, entonces déjalo, y perdona! - Dijo Layla sintiéndose incomoda por haber cometido el error de insistir en hacerla tocar la balalaica - Yo creí que te animaría tocar un poco, pero no quiero que te entristezca. ¡Cómo es tan alegre la música Rusa!
-¡No te preocupes, me gustará tocar un poco para que veas que sonido tan bonito tiene! Aunque te advierto que no lo hago nada bien.
Hacía tantos años que Liudmila no tocaba las balalaicas más que para limpiarlas el polvo, que apenas recordaba como se tocaba el estribillo que conocía, pero en cuanto se puso a hacerlo enseguida la vino a la mente. Luego recordó algunos estribillos más de melodías alegres, y a Layla al oírla la entraban ganas de bailar, pero apenas tocaba unos pocos acordes cuando ya tenía que parar porque no recordaba el resto de las estrofas. De todas maneras, resultaba agradable oírla, y ninguna de las dos tenía nada de sueño. Se volvieron a servir otra taza de té, y Liudmila empezó a contarla anécdotas de sus primeros años de matrimonio, de las excursiones tan divertidas que habían hecho en trineo con su hijo cuando era pequeño. Todo hacía pensar en que habían sido muy felices siempre los tres, hasta que de pronto vio que Liudmila se ponía muy triste.
- Siento haber sido tan entrometida, y haberte despertado recuerdos tristes por mí culpa - Dijo Layla muy apenada y con toda sinceridad -¡Yo normalmente no soy así! Pero al ver tantas cosas bonitas y desconocidas no pude evitar el preguntar por ellas. ¡Me tienes que perdonar!
-¡Pero si estoy muy feliz, gracias a ti! - Dijo Liudmila abrazándola y dándola un beso para animarla - No puedes figurarte lo feliz que me hace el ver que estás con vida. Lo que pasa, es que hace años que intentaba no recordar las cosas bonitas que había vivido, para no echarlas de menos, pues sé que no volverán a suceder jamás.
-¡Pero, pueden suceder otras mejores! O al menos, semejantes.
-¡Tienes razón! Mientras estemos con vida todavía pueden suceder cosas buenas. Podría intentar hacer las paces con mi hijo, ayudar a quien lo necesite si está en mi mano poder hacerlo. Y seguir mostrando a los turistas lo bonito que es Moscú en algunas ocasiones.
-¡En casi todas! - Dijo Layla entusiasmada.
Ya estaba muy entrada la noche, por lo cual, Liudmila bajó las persianas y propuso que se acostasen a dormir. No tenía sueño, pero imaginaba que quizás Layla si lo tuviese, y suponía que estaría muy cansada pese a que no lo parecía debido a su forma de ser tan alegre.