| "La
angustia de Sofía"
Sofía sintió una angustia que
la ahogaba al percibir los cambios tan drásticos en la personalidad
de Ricardo, núnca hubiese imaginado que la ternura de sus caricias
pudiese convertirse en agresividad. Sus besos, que habían sido
deliciosamente suaves y reconfortantes, se estaban convirtiendo en rápidas
dentelladas que se marcaban en sus hombros y en sus pechos. No sentía
el dolor, su mente estaba concentrada en la fotografía antigua
que había descubierto y en las crueles revelaciones que la había
desvelado. Trataba de olvidarlo todo y disfrutar del baño, como
tantas veces lo había conseguido entre sus brazos, pero, su cuerpo
se negaba a corresponder y luchaba por rebelarse hasta que ya no pudo
más y estalló nuevamente en sollozos.
_¿Qué pasa? ¿Por qué lloras? – Dijo
fuera de sí, al ver que se apartaba de él - ¿Ya no
me quieres?
_Déjame, tengo que irme, necesito irme – contestó
Sofía entre gemidos lastimeros.
_¿Dónde vas? ¡No tienes ningún sitio donde
ir! Ahora eres mía –la dijo mostrando una sonrisa siniestra,
al tiempo que sus ojos parecían salir de su órbita.
Ricardo oyó que sonaba insistentemente el teléfono, salió
del baño, se envolvió en la toalla y cerró la puerta
con llave. Ella, sintió un gran alivio al ver que la dejaba sola,
pero se desvaneció enseguida al reconocer que él tenía
toda la razón, no sabía a donde ir, ni había nadie
que la esperase en ninguna parte. Tampoco tenía dinero para huir
a cualquier lugar, en su monedero quedaban muy pocas monedas, con las
que solo podría pagar un billete de autobús o un simple
café. Había sido tan astuto, que a medida que se había
ganado lentamente su confianza y cariño, había destruido
todos los lazos que la unían a sus conocidos y seres queridos.
Recordó como la había engatusado con sus regalos y halagos,
que tontamente la habían atado en un nudo y ahora se convertía
en una asfixiante soga. Ni siquiera le había gustado la primera
vez que le vio, no se la pasó por la imaginación que acabaría
teniendo relaciones con un hombre tan mayor, pero aceptó su presente
pensando que era un obsequio que hacía a toda su clientela en su
primera compra. La siguiente vez, rechazó su regalo, pues ya se
había enterado por sus amigas que tan solo con ella había
tenido tal atención. Pero, cuando volvió a la botica a comprar
analgésicos para su madre, y la regaló un precioso frasco
de esencia de rosas con su nombre grabado en letras doradas, no quiso
rechazarlo. Su novio Carlos le había avisado que estaba jugando
con fuego, el boticario se cobraría de alguna manera, y no merecía
la pena correr ningún riesgo.
_¡Tú, lo que pasa es que estás celoso! – Le
había recriminado ella.
_Por si acaso, no se te ocurra núnca entrar con él a solas
en la rebotica.
Sofía evocó las innumerables veces que la habían
aconsejado sus conocidos que no volviese a ver a Ricardo, y como se había
cerrado en banda, pues cuanto más se lo decían más
deseaba estar con él. No comprendía porque razón
le odiaban tanto, pues nadie la había hecho sentir sensaciones
tan excitantes y tan dulces. Por esa razón, no la había
costado ningún trabajo desprenderse de todas sus amistades, dejar
los estudios, ni enfadarse con los familiares. Tampoco la había
dolido romper con su novio, al que había estado unida desde niña,
y del que se separó de forma más traumática, porque
él ya lo veía venir y no comprendía que le pudiese
dejar por un hombre viejo y enfermo.
-¡Sofy, no puedes hacerme eso! – la suplicó Carlos
– No puedes hacértelo a ti misma..., ni a tu familia. No
nos merecemos eso.
-¡Él me necesita! –Le dijo bajando la mirada, pues
no se había atrevido a mirarle a los ojos. – Además,
le quiero.
-¿Qué le ves? ¡Es un viejo! –Exclamó
enfadado – Te va a contagiar y va a ser tu ruina. La tuya y la de
todos los que te queremos. ¡Por favor, recapacita!
Ahora, en la soledad y desesperación, comprendía lo estúpida
que había sido, sentía vergüenza y odio hacía
sí misma. Temía, que nadie podría perdonarla su error,
porque la habían avisado insistentemente y ella les había
despreciado totalmente sus consejos. Cuando había tomado la determinación
de irse a vivir con Ricardo, sabía que terminaría sufriendo,
que su enfermedad irremediablemente acabaría con su felicidad y
su dicha. Pero, lo que nunca imaginó es que se hundiría
tan rápidamente, y que aquel mismo día llegaría a
desear la muerte tal y como la deseaba en ese momento. Pensaba que la
única solución a su problema sería quitarse la vida,
ya no la deseaba para nada, núnca podría volver a levantar
cabeza.
Buscó la maquinilla de afeitar que había tenido en su mano
cuando se encerró en el baño, y decidió que era mejor
usarla en sus muñecas que defenderse con ella, porque después
del desengaño que había recibido su vida ya no valía
nada, Estaba tan fuera de sí, que no supo desenroscarla y a lo
más que llegó, fue a hacerse leves cortes en las yemas de
los dedos.
_¡Maldita sea! No sirvo ni para quitarme la vida.
Siguió buscando en las estanterías del armario en espera
de encontrar una navaja de afeitar, unas tijeras, o cualquier objeto que
pudiese serle eficaz en su empeño por poner fin a su existencia.
Afortunadamente para ella, estaba tan nerviosa que no se percató
de los artilugios que podrían haberla ayudado a conseguir su objetivo.
Después de aquél momento de desesperación, tan agotador,
empezó a ver las cosas de diferente manera. Su mente se llenó
de dudas, se debatió entre elegir la vida partiendo desde cero
o volver a intentar la muerte. Oyó sus pasos, y supo que tendría
que decidir con rapidez.

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