Algunas andanzas
de
TIMUR EL MINUSVÁLIDO

FÁBULA
Alfredo Rodríguez Labrador
Asociación Amigos de El Retiro
Timur el minusválido
Cuadro primero
Tras dos meses de gestación en el vientre de su madre, Timur
y sus tres hermanos nacieron ciegos a mediados de una primavera cualquiera.
Pasaron las primeras semanas de su vida en el hogar donde nacieron; una cueva
entre rocas que su madre acondicionó con algunas ramillas, hierba y pelo
desprendido de su vientre. Durante dos semanas mamaron sin pauta en la
oscuridad, para abrir los ojos pocos días después, cuando la madre les aportó
el despojo de un viejo conejo para que conociesen y gustasen la carne de una
presa, aunque seguirán mamando aún seis semanas más. Teniendo un mes, hechos
una bola de pelo de color chocolate, la madre les sacó hasta la puerta del
hogar, al vasto jardín que la rodeaba, para que le conociesen y correteasen en
su entorno.
Se crece rápido cuando se es un zorro. A los tres meses la
madre ya les deja salir con ella para que se inicien en las técnicas de la caza
y de la supervivencia. Entre juegos, carreras, pequeños trofeos de caza y
observación del entorno los hermanos se van haciendo adultos. La madre ya les
ha enseñado dónde ir a mitigar la sed, y las astucias y artes de la caza para
lograr presas al alcance de su poderío físico. También les ha mostrado las
bayas de moras, arándanos, uvas y escaramujos con los que alimentarse a finales
de otoño e inicios de invierno si la caza escasea.
Timur y sus hermanos son ya adultos en pleno otoño, y la
madre les otorga la independencia para que puedan irse del hogar común y vivir
por su cuenta la aventura de la libertad absoluta. Durante varios días los
hermanos van errantes de un lado para otro, sin decidirse a la separación para
la que la naturaleza les ha preparado.
Un día que el invierno ya se anunciaba en las copas de los
árboles, los hermanos se separaron definitivamente para buscarse cada uno un
nuevo hogar, y el territorio que sería su jardín y su despensa.
Timur tomó rumbo al oeste. Subió y descendió cuestas, vadeó
arroyos, cruzó bosques y collados, y trepó sobre las rocas hasta que encontró
un territorio de vegetación variada, dotado de agua en abundancia, varias
posibles zorreras y un hermoso panorama, completamente vacío de ocupantes de su
raza. El territorio le convino, y allí se asentó.
A partir de entonces Timur se dedicó por entero a conocer
los mínimos detalles del lugar. Localizó las cuevas y refugios en caso de
peligro; las piedras y rocas verdecidas por el tiempo; los bebederos grandes y
los chicos. Conoció los piornos y los enebros rastreros, los grandes pinos
albares que atormenta el viento y los pequeños pimpollos, los escasos acebos y
las tan abundantes como pegajosas jaras. Conoció todas la hierbas, matas y
flores del territorio, desde los narcisos de montaña hasta las modestas
pamplinas, que nacen en las húmedas oquedades y en los arroyos.
Sus dotes naturales de observación le hicieron saber de
todos los habitantes alados, desde el herrerillo cantarín, pasando por el
piquituerto, especialista en abrir piñas, hasta el pito real, habilitado para
sonorizar el bosque con sus picotazos sobre los troncos de los árboles para
hacerse morada y alimentarse con las larvas e insectos que, asustados, desertan
sus cobijos bajo la corteza. Al tiempo supo de la lagartija, que se carga de
energía tomando el sol sobre las rocas, de los ratones ladrones y de los
subterráneos topos. Conoció a la ardilla, acumuladora de alimento en las altas
oquedades de los árboles. De todos los habitantes de pelo tuvo conocimiento y,
finalmente, conoció a los bípedos humanos, que transitaban de día por los
pastos y senderos sobre los que la raza de Timur es reina desde que fueron
desertados por el lobo.
Una vez balizado el territorio con las glándulas anales de
tufo, orinando por doquier, y dejando señales de su paso con las glándulas
plantares mientras camina, con el mapa y el censo de los habitantes en su
cabeza, Timur se sintió el rey de las cerca de quinientas hectáreas de su
territorio, sin temor a ningún enemigo, al no haber en él lobos, linces ni
águilas reales. Cierto, quedaban los bípedos humanos. Pero Timur, en vez de
utilizar su cagarrutero habitual, les dejó excrementos bien visibles sobre
piedras de los senderos que aquellos frecuentaban en sus travesías, para que
tuviesen constancia de quien era el amo allí. Pero tal medida no desalentó
nunca a los humanos. Su prudencia ante la presencia de los humanos, a los que
olfateaba y oía a distancia, le hacía alejarse con rapidez, para observarles
desde la oscuridad del bosque, o entre piedras protectoras.
Timur se alimentaba de cualquier súbdito de su reino que se
distrajese lo suficiente como para olvidar la natural vigilancia del entorno,
ya fuese reptil, ave o animal de pelo, pero no hacía ascos a cualquier
coleóptero de buen tamaño, ni a las anilladas lombrices. Todos le eran buenos
para calmar su natural apetito, y cuando tenía alimento sobrante lo escondía, o
lo enterraba en hoyos excavados en el suelo, tapándolo luego con el morro, como
reserva para los días de penuria, o de mala suerte en la caza.
Había cumplido Timur un año, cuando olfateó un olor
excitante que le despertó apetitos desconocidos hasta entonces. Siguiendo la
veta olorosa se topó con una hermosa joven hembra de su especie. Se miraron y
se reconocieron. Tenía la hembra una hermosa cabeza triangular y afilado
hocico. Al instante quedó prendado de sus grandes ojos oblicuos almendrados y
de su abundante pelaje amarillo rojizo. Sus largas orejas puntiagudas se
alzaban orgullosas al cielo. Su cola, ¡ay! su cola, casi tan larga como su
cuerpo, tan densa, y tan poblada como esos hormigueros en los que él a veces
hurgaba para divertirse, y a veces tragarse algún que otro inquilino. Timur
hizo a la joven la corte propia de su raza lo mejor que supo, ya que era un
novato, pero ella parecía no querer saber nada, al ser ella misma novata y
virgen. Entonces Timur se puso serio y exigió a la hembra el pago de las tasas
debidas por haber invadido su territorio sin su consentimiento. Entonces, al
unir la deuda con la corte y arremucos recibidos, la hembra accedió, y gozosos
copularon bajo la sombra de un raquítico melojo que había crecido en excesiva
altitud.
Durante varios días la pareja correteó por doquier,
alternado los deberes de la pequeña caza con el solaz del apareamiento.
Salieron un atardecer a continuar sus correrías. Timur tal
vez pensando en la historia más famosa entre los zorros, aquella que contó
Lafontaine, en la que uno de su raza ve un cuervo sobre un árbol sosteniendo en
su pico un queso, y le halagó tanto su hermosa voz que el cuervo croó y soltó
el queso, del que se apoderó el zorro muy zorro de la fábula. Pero una cosa son
las fábulas y otra la realidad; ni cuervo con queso ni ningún bicho viviente
con el que saciar su apetito encontró la pareja después de tanto desgaste
“copulativo”. Dos pares de ojos seguían las evoluciones de la pareja que,
llevados por el manual no escrito de la reproducción olvidaron la elemental
prudencia. Cuando menos lo esperaba la pareja surgieron dos monstruosos
animales. Dos perros asilvestrados, de esos que los humanos abandonan en
cualquier parte si su presencia contraría cualquier proyecto de vacaciones,
venían hacia ellos como exhalaciones. El terror se apoderó de inmediato de los
zorros, que salieron de estampida en direcciones opuestas tratando de dividir
al enemigo. Timur, el rey del lugar, corría desesperado, perseguido de cerca
por un viejo pastor alemán, cuyas fauces se iban acercando peligrosamente a su
estirada cola. Tal vez Timur tenía ya noticias de que sus congéneres de
Inglaterra se encuentran en la misma situación de peligrosidad que él, al
darles caza también con perros, aunque de otra raza, y no hambrientos. La
carrera zigzagueante entre piedras y matojos se prosigue, y el zorro expele
varias veces su tufo anal, tratando con ello de asquear al can, pero éste es
tenaz y no ha cenado. Ya está muy
cerca, y con una dentellada el perro hizo presa en el cuarto trasero izquierdo
de Timur, que gimió de dolor, al tiempo de dar un salto y entrar como un
proyectil en su zorrera principal, la más segura. El can, frustrado, ladraba
excitado y giraba alrededor por si hubiese una segunda salida, y arañaba el
suelo con las patas, tratando de agrandar la boca de la guarida para alcanzar a
su presa. La aspereza del suelo no se lo permitió. Decepcionado por no poder
alimentarse tras varios días de dieta, fatigado de tanto ladrar y agitarse, un
buen rato después el perro se alejó vencido por la fatiga en busca de nuevos
objetivos menos esquivos.
Timur, agazapado en el fondo de su refugio, se recuperaba
del susto y se lamía el mordisco del pastor alemán. Durante tres días no salió
de la cueva, sino para acercarse, en medio de grandes dolores y mucha
prudencia, a una carroña que enterró cerca de allí días atrás, para esconderse
nuevamente con rapidez.
La compañera de Timur, y presunta madre de sus hijos,
desapareció de su vida para siempre. Él no supo nunca cual fue su destino
huyendo de los colmillos de un asilvestrado mestizo de labrador y setter. ¿Se
salvó buscando refugio en alguna oquedad, o sucumbió como cena para el
hambriento perro? Timur no se lo planteó, pues ya tenía él bastante con su
dolorosa herida.
Al mitigarse algo el dolor de la pata trasera Timur se
atrevió a alejarse de la madriguera. Había que beber y alimentarse. Recordó
tener enterrado algo alejado un arrendajo que encontró ya muerto, y se puso en
camino. Pero, ¡ay! Enseguida constató que su pata seguía doliendo, y que sus
cuartos traseros no obedecían como antes; sus facultades físicas estaban
mermadas. Pasando el tiempo la herida se cerró por completo sobre
articulaciones, músculos y nervios deteriorados por la mordedura del perro.
Timur se estaba quedando cojo. Correr podía correr, aunque más despacio, y con
dolores que aumentaban a medida que la carrera se prolongaba. Timur no tuvo más
remedio que adoptar su vida a sus capacidades físicas
Nevaba en las alturas a finales del invierno. Timur andaba a
la búsqueda de algún alimento. Divisó las huellas de un ratón en los límites de
su territorio, y las siguió cuesta abajo. Pero él no era el único que las
seguía: al poco un gato montés le hizo frente conminándole a alejarse, bufando.
Era un macho adulto, enorme, un enemigo temible. El zorro no se amilanó, erizó
su pelaje y puso la cola horizontal para parecer más grande y le hizo frente,
dando varios ladridos agresivos y enseñando los colmillos El gato montés, que
también bufaba agresivo, dio un salto y volteó una pata, rasgándole la oreja
derecha con sus afiladas uñas. Temiendo males mayores Timur aceptó su derrota,
y nuevamente herido se alejó cojeando a la carrera camino de su casa. Se puede
asegurar que el ratón tuvo tiempo de salvar su vida durante la disputa.
Sucedió que la astucia y prudencia de Timur, tan propias de
su raza, se acrecentó, llevándole a correr sólo sobre seguro, y en carreras
cortas. Entonces concentró su atención sobre los bípedos humanos. Seguía sus
rastros buscando cualquier despojo dejado por ellos, tan dados a tirar cosas. Ya
había encontrado en el pasado trozos de una masa blanca, que no crecía en su
reino, con trozos de carne apetitosa de color del cantueso en su interior, y
estaba exquisito. También intentaría robarles alimentos. ¿No les habían robado
los de su raza durante siglos gallinas, conejos, gansos y corderillos jóvenes
que guardaban en lugares cercados. Luego estaban las tasas de pasaje que tenían
que satisfacer, como se las exigió a la joven zorra. Pues eso.
Cuadro segundo
El grupo de senderistas descendió del tren en Cercedilla y,
tras tomarse un café en el bar cercano y comprar pan, emprendieron la ascensión
por la pista que nace sobre el túnel del ferrocarril en dirección a Tablada y
Segovia. Hoy son diez los hombres, casi todos jubilados, del grupo que se reúne
cada martes para corretear –sufrir, dicen ellos- por la sierra
segoviana/madrileña de Guadarrama.
Entre bromas, chistes y frases de ánimo para los más
cansados durante la ascensión, progresan por la senda marcada con círculos
azules, luego rojos, sobre los troncos de los árboles del bosque. Una hora
después alcanzan la ancha pista forestal que lleva al Puerto de la Fuenfría
–lugar de paso durante siglos entre las provincias de Madrid y Segovia por la
antigua calzada romana, de la que aún quedan restos visibles-. En esa dirección
va el grupo, que una hora más tarde llega al collado de Marichiva, en el que
hacen alto para degustar el refrigerio de media mañana que ellos denominan
“almendritas o fisquito”.
-¡Mirad, mirad! ¡Es un zorro!- exclama uno de los senderistas.
En efecto: desde cincuenta metros, y situado algo más abajo
que los senderistas, Timur, protegido por los últimos árboles que cercan el
claro, observa el esparramado grupo que se restaura del esfuerzo realizado para
llegar hasta allí. La insólita aparición del animal provoca comentarios
admirativos entre los hombres.
Sin previo aviso, intuyendo acaso que el animal busca
alimento, uno de los senderistas lanza en dirección del zorro un trozo de pan.
El animal tiene una sacudida, cual si fuese a huir, pero se inmoviliza en el
sitio, tras lo cual, sin dejar de observar a los hombres, avanza dos cautelosos
pasos, y se detiene. Otro trozo de pan cruza el aire cayendo más cerca del
zorro. Timur, sin dudarlo un instante, corre hacia el regalo que se le ofrece,
lo coge de un bocado y escapa rápidamente cuesta abajo hasta desaparecer en la
oscuridad del pinar.
-Parece que cojea- comenta un senderista bajito.
No parece ser unánime la opinión del resto del grupo, para
quienes la corta aparición del zorro no ha desvelado tal cosa.
Han pasado unos minutos y el animal reaparece en el mismo
sitio.
-¡Ha vuelto otra vez el raposo!- grita el que hace las veces
de jefe del grupo
Durante la tercera visita de Timur, con gran paciencia, los
senderistas consiguieron que aquél se acercara, con mucha más precaución y
lentitud que éstos, a comer el alimento que le tendía en la mano el mayor del
grupo.
Al alejarse nuevamente Timur con su presa en la boca es ya
una evidencia que tiene un problema en sus cuartos traseros, lo que manifiesta
más enérgicamente que los demás el más alto de los senderistas gritando: ¡Sí,
sí, está cojo! Pues está apañado.
Comentado el descubrimiento los diez cruzados de la sierra
reanudan la excursión proyectada camino de San Rafael.
Dos meses después, los andarines repiten la visita al
collado de Marichiva, donde reina Timur. Los mismos hechos se repiten de nuevo,
aunque con ligeras variantes, pues el zorro se detiene más cercano al grupo. Se
repite dos veces la escena del zorro llegando hasta la mano que le tiende
alimento, como si los senderistas ya fuesen de su familia.
Su cojera ya no es dudosa para nadie, pues han podido
apreciar la costura de la piel sobre su pata trasera izquierda.
-Este zorro es un minusválido. Tendrá difícil sobrevivir
aquí- comenta el más humorista, que añade – Para los zorros no existe la
Seguridad Social.
- En el curso de otro paso por el collado de Marichiva y de
visitar al zorro; sí, de visita al zorro, pues el grupo viene a ver como sigue
Timur, éste, además de todo lo que le han suministrado los senderistas, se
lleva el bocadillo de un distraído con envoltorio y todo, sin que el robado
pueda recuperarle. El animal, como cada vez, huyó a la seguridad de la umbría
para enterrar la presa en su despensa privada.
Los senderistas, que andaban buscándose un nombre y, entre
el pelo encanecido de casi todos ellos y su amigo el zorro, adoptaron de
llamarse el híbrido resultante: “Raposos Plateaos”, siguiendo con ello la
opinión del jefe del grupo. Tan orgullosos están de su nueva amistad con Timur,
que una foto suya ha sido plasmada en las camisetas blancas que para ello han
comprado. Timur luce por toda la sierra su hermosa cabeza triangular sobre el
pecho de los jubilados.
<Hacemos
aquí un inciso en la historia para comentar que Timur, el zorro cojo, ha tomado
su nombre del nombre original del gran guerrero turco-mongol Tamerlán,
conquistador de inmensos territorios en Asia, quien durante el último tercio
del siglo XIV e inicios del XV reinó desde Samarcanda, pues realizó todas sus conquistas
siendo un ostensible cojo. Murió en las fronteras de su imperio en medio de una
gran tormenta de nieve y frío, cuando se disponía a iniciar la conquista de
China al frente de un millón de guerreros>.
Si algún senderista cruzando el alto reino de Timur va
acompañado de perros, no podrá ver al zorro rey de las alturas, quien aún
recuerda el dolor de la cruel mordedura del perro asilvestrado, tiempo ha.
Llevada de boca en boca por toda la sierra la existencia del
zorro cojo, hay senderistas que, solos o acompañados, se acercan al collado
para subirle la carne que, se supone, él tiene dificultades para obtenerla, tal
y como hacen los de su raza que se hayan en plenitud de facultades.
En una de las últimas vistas de los Raposos Plateaos a su
inspirador, el más politizado del grupo comentó: para este zorro minusválido la
Seguridad Social somos nosotros, y los otros senderistas que también le aportan
alimento. ¿O no?
La leyenda de Timur corre hoy las crestas, collados,
bosques, sendas y arroyos de ambas vertientes del Guadarrama, y seguirá
corriendo mientras haya senderistas, jubilados o no, que frecuenten la sierra
con viento, nieve, lluvia, nube y sol.
Durante la última parada en el reino de Timur, el senderista
músico, con agudeza de espíritu comentó: tal vez la cojera de Timur sea
fingida, y su astucia le haya llevado a ello para obtener alimento sin gran
esfuerzo.
Los demás rieron.
Timur, desde el oculto rincón donde esconde los presentes
que se le ofrecen, ve marchar al grupo de los Raposos Plateaos, contemplando
satisfecho el desfile de los que considera sus vasallos, a los que hace pagar
tasas y arbitrios por pasar por su territorio, ante los que, sin pudor, exagera
su cojera, tal y como ya hizo durante unos días con su antigua novia. Las
argucias de este zorro muy zorro le dan buenos dividendos, por lo que, a su
manera, la astuta mente del zorro minusválido sonríe.
&
Alfredo Rodríguez Labrador
Madrid, Octubre 2004