informe

INFORME Y PRESCRIPCION VALORATIVA DE LAS ANTIGUAS ESCUELAS EN LOS CORRALES DE BUELNA (CANTABRIA), PROYECTADAS EN 1932 POR EL ARQUITECTO SANTANDERINO DEOGRACIAS MARIANO LASTRA LOPEZ

  POR

  RAMON RODRIGUEZ LLERA  

PROFESOR TITULAR DE HISTORIA DE LA ARQUITECTURA. AREA DE COMPOSICION ARQUITECTONICA

DEPARTAMENTO DE TEORIA DE LA ARQUITECTURA Y PROYECTOS ARQUITECTONICOS

ESCUELA TECNICA SUPERIOR DE ARQUITECTURA DE VALLADOLID.

 

Director de la E.T.S.A. de Valladolid , nombramiento por resolución Rectoral de 30-XI-1989, efectos de 1-XII-1989, toma de posesión 5-XII-1989, hasta mayo de 1993.

Comisario del Patrimonio Cultural de Valladolid. Nombramiento dependiente de la Consejería de Cultura de la Junta de Castilla y León, según orden de fecha 24-VI-1985.  

AUTOR DE LOS LIBROS SOBRE HISTORIA DE LA ARQUITECTURA EN CANTABRIA:

La reconstrucción urbana de Santander, 1940-1950 .
Centro de Estudios Montañeses. Institución Cultural de Cantabria. Santander 1980.
La arquitectura regionalista y de lo pintoresco en Santander.
Colección Pronillo, nº 6. Ediciones de la librería Estudio. Excmo. Ayuntamiento de Santander. 1988
Pecios de Arquitectura Santanderina .
Colegio de Arquitectos de Cantabria. Universidad de Valladolid. Secretariado de Publicaciones e Intercambio Editorial. Valladolid, 2003

INTRODUCCION A LOS EJEMPLOS DE ARQUITECTURA MODERNA EN LOS CORRALES DE BUELNA, Y SU VALORACION.

Hasta hace relativamente poco tiempo Los Corrales de Buelna presentaba las características habituales de los pueblos de los idílicos valles de la provincia, construidos con la escala y materiales tradicionales de la región. Algunos hitos puntuales habían venido a definir la categoría de su patrimonio arquitectónico, y todo el mundo se preciaba de ello. Autores de nombre reconocido de la historia de la arquitectura moderna en Cantabria, como Leonardo Rucabado y Deogracias Mariano Lastra habían proyectado ejemplos magníficos de sus respectivos estilos y épocas, dignos de ser estudiados por los especialistas, observados por los curiosos, y para cualquier autoridad sensible hacia la materia, motivo de orgullo, pues contribuían a situar a la localidad en el mapa de las publicaciones especializadas, con el consecuente prestigio cultural derivado de ello.

El crecimiento de la localidad, los criterios con los que este se ha llevado a cabo, ha puesto en riesgo los valores paisajísticos y medioambientales del valle, y lo mismo ocurre con su patrimonio arquitectónico y cultural. El espacio se ha ocupado de forma intensa, se han introducido ciertos modelos urbanos sobre el tejido rural tradicional, se han modificado la señas de identidad del pasado, y en ese breve espacio de tiempo, con tal cúmulo de cambios y alteraciones radicales, se han quedado comprometidas las condiciones de futuro de la próximas generaciones.

En términos históricos se han efectuado los cambios con rapidez vertiginosa, apenas el breve plazo de una generación, lo que ha forzado adaptaciones expeditivas de los modelos típicos del crecimiento urbano a su interpretación en lo que hasta entonces había venido siendo un habitat rural, situación de difícil encaje. Lamentablemente en ello se ha dejado de lado la necesaria reflexión, la discusión pública con la ayuda de los expertos, en temas tan importantes como el urbanismo rural, la preservación del paisaje y del patrimonio arquitectónico, sobre el costo social y cultural que se han debido pagar, y a qué precio, las referidas transformaciones que alcanzarán a las generaciones futuras.

Los pueblos y localidades que mantienen parte de su patrimonio arquitectónico y cultural están obligados a efectuar una detenida reflexión de su propio pasado, valorarlo y actuar con arreglo a los criterios vigentes en la actualidad en todas las comunidades nacionales e internacionales cultas, so pena de correr el riesgo de dilapidar de manera insensata y contraproducente la memoria de su pasado, de obstinarse en actitudes y tomar medidas, como las de la destrucción de su patrimonio artístico, a la larga perjudiciales para el futuro, pero también para la fama de quienes son sus administradores y por ello más directos beneficiarios.

Convendría evitar por ello, desde el conocimiento y valoración del patrimonio, que se difuminasen o desapareciesen de forma irreversible las características históricas del mismo, que se desdibujasen las huellas de identidad del pasado de nuestros pueblos. De ese modo no habría que lamentar en el futuro, a no tardar mucho, que las que hubieran podido pasar a ser obras del catálogo monumental, quedasen sólo en la memoria de los habitantes y de los estudiosos, por no haber tenido la valentía de reconocer debidamente, cuando todavía era posible, la naturaleza de ese legado, y haberlo mantenido según su formulación original.

Memoria del pasado, pues. Pero tal visión retrospectiva no debe inducirnos a engaños. Ese pasado determina y condiciona el presente. Es un bien, no una carga insoportable. La sociedad actual justamente valora la cultura y el patrimonio artístico como un recurso cifrable en términos económicos. De la misma manera que el suelo urbano alcanza precios superiores en el centro de las grandes urbes, o en la áreas cualificadas y mejor dotadas, ciertos “ espacios de la memoria ” resultan más valorados y ejercen por ello un más alto poder de incidencia en los procesos económicos, en tanto en cuanto consiguen mantener incólume su condición de “ espacio cultural ” y convertirlo en un producto de mercado auténticamente competitivo.

El error, el gravísimo error, del que tantos tristes fracasos está llena la historia de la modernidad es la unión de la avaricia con el desconocimiento. Avaricia que lleva a considerar el potencial de la memoria, del legado del “espacio de la memoria”, como un bien en sí mismo, como un generador de energía inagotable que se transmitiera a la tierra, sin pensar que esta es un bien escaso y limitado. Hay lo que hay, y cualquier desaparición es, además de lamentable, irreversible.

Ignorancia y desconocimiento de que lo que venimos denominando “espacios de la memoria” no es un principio cultural activo e indefinido. Un espacio cultural, una obra del patrimonio artístico y arquitectónico, pervive alimentándose a sí misma y cuidada por quienes tienen la obligación de su mantenimiento, por la sociedad que la dio origen. De los espacios y de las obras de la cultura sabemos casi todo lo necesario, lo más relevante, los datos de su biografía. No podemos argüir ignorancia, salvo para mostrarla.

Sabemos el origen, conocemos a los protagonistas, los hechos, los materiales, la importancia de los mismos. También hemos asistido, porque les hemos sobrevivido, al reconocimiento posterior que les adjudica, como a los santos rápidamente canonizados, el timbre raro, y por ello más advocado, de la cultura patrimonial como bien colectivo, generador de otra fase o segunda vida de ese patrimonio. A veces incluso lamentablemente esas obras han perdido las funciones originales para las que fueron realizadas, y amenazan ruina por causa del abandono desdeñosos de los que no supieron o no tuvieron la voluntad de mantenerlo.

Pero el que estén históricamente ausentes los protagonistas, que fueron la razón original de su existencia, ello no es óbice para que acudan en su rescate redentor los valores de la nueva cultura auxiliadora, puesta al servicio de sus obligaciones ante el resto de la sociedad: la de disponer todos los medios que permitan llevar a cabo una política regeneradora de ese legado patrimonial.

VALORACION DE LAS ESCUELAS DE LOS CORRALES DE BUELNA EN EL CONTEXTO PARTICULAR DE LA OBRA DE DEOGRACIAS MARIANO LASTRA, Y EN EL GENERAL DE LA HISTORIA DE LA ARQUITECTURA MODERNA EN CANTABRIA .

Deogracias Mariano Lastra López, el arquitecto proyectista de las Escuelas de los Corrales de Buelna obtuvo el título en 1918 en la Escuela de Arquitectura de Madrid, y su práctica profesional se desarrolló en su provincia natal, de la que fue uno de sus autores más notables. Su recorrido estuvo inicialmente adscrito a las tendencias dominantes, partiendo del clasicismo eclecticista aprendido durante su años de aprendizaje universitario, un universo artístico de convencidos valores tradicionalistas. Buena muestra de lo que decimos fue el Concurso convocado por la Sociedad Central de Arquitectos entre los alumnos de la Escuela en el mismo año de la licenciatura de Lastra, 1918, de una casa, en la que se especifican y atendienden las características de la región para la que eran imaginados los proyectos, teniendo presente, al componerlos, las particulares condiciones del clima, materiales, paisaje, etc. Lo que en definitiva se argumentaba, pues, en la elección estilística, eran la relación de la arquitectura con la región, las que unen ancestralmente al hombre con el territorio, y sin cuyo contacto mutuo y permanente ambos no pueden concebir la existencia. Esto es, la arquitectura regionalista.

El año de la licenciatura de D. M. Lastra coincidió también con la muerte de Leonardo Rucabado, uno de sus posibles maestros, mentor destacadísimo de un estilo nacional en la arquitectura con características regionales, inspirada en su caso en la arquitectura tradicional de La Montaña, tarea de erudición, proyectación y materialización en la que el artífice castreño trabajó afanosamente desde 1910.

La desaparición física de Rucabado motivó consecuencias inmediatas de cara a la supervivencia de una tendencia arquitectónica tan definida como la preconizada por él, con la que acabó identificándose plenamente su figura y su fama posterior. En Santander, en la provincia, el regionalismo arquitectónico cristalizó como en ninguna otra parte, quizá debido en gran parte a la labor infatigable de Rucabado, a la propia fuerza de la arquitectura doméstica tradicional de la región, y a los tipos de materiales empleados habitualmente. También a que el regionalismo arquitectónico contemporáneo no fue una opción arquitectónica estrictamente disciplinar, sino que a menudo se mostró teñido de componentes ideológicos muy fuertes.

En sus primeras obras, D. M. Lastra mostró querer pertenecer y ampliar las experiencias del regionalismo arquitectónico montañés, de modo que podemos encontrar en él a un serio discípulo de Leonardo Rucabado. Entre 1918 y 1926 son años en los que realizó un número significativo de obras en las que experimentó con las posibilidades y los límites de dicho lenguaje. A partir de la segunda fecha citada, sin renunciar tajantemente al propio pasado, forzó la salida, la readaptación de ciertas señas de identidad de la arquitectura regional con modelos formales y materiales decididamente modernos, entendiendo por tales los de la arquitectura racionalista.

En Los Corrales de Buelna , en el conjunto de la Iglesia y Asilo proyectadas por Leonardo Rucabado en 1916-1917, tiene lugar la confluencia entre ambos, pues es Lastra, como en el caso de la Biblioteca y Museo Municipales de Santander, el encargado de concluir las obras que le legó la infortunada muerte del arquitecto castreño. Y precisamente en ellas Rucabado estaba intentando ampliar los márgenes del lenguaje regionalista, pues él mismo era conocedor de los aires de renovación de la arquitectura europea contemporánea, aunque se resistía a ellos. En el conjunto de Los Corrales su motivo de inspiración fue la arquitectura de Juan de Herrera y sus continuadores, un nuevo tradicionalismo rebajado en sus dosis regionalistas, pero aún muy lejos de aceptar los lenguajes de una arquitectura moderna.

Del regionalismo a la modernidad, la transición se efectuó mediante procedimientos de geometrización y reducción ornamental, que se van apurando en varias obras de Lastra desde finales de los años veinte, y que alcanzan su pleno desarrollo a principios de los treinta, de las cuales las dos mejores muestras significativas son la casa de Roman Cué, en la Avenida Reina Victoria de Santander, y las Escuelas de Los Corrales de Buelna. En ambas, el autor aporta una experiencia proyectual en la que se conjugan de manera acertada tradición y modernidad, premonición del camino a seguir por la arquitectura moderna de la región en el futuro. Ese recorrido es el que lleva del uso de elementos procedentes del repertorio formal tradicional, sin ser ya explícitamente “regionalistas”, para depurarlos y adaptarlos a la simplificación material y formalmente propia de la modernidad, lo que con sus propios términos el autor denominaba “la conservación de las líneas tradicionales, sin olvidar la época en que se construye y la tendencia a la nueva arquitectura ”

A ese tradicionalismo se hace referencia con la propia escala doméstica del edificio, cuyos cuerpos guardan las proporciones de las casonas, modernizadas en su lenguaje y adaptadas a la función escolar. Equilibrio entre modernidad y tradición que se denota en el mantenimiento de ciertos rasgos formales: aleros, tejado a dos aguas frente a la opción de la cubierta plana, paños de ladrillo combinados con los muros enfoscados de cemento, alusión a los pórticos, en el pórtico de entrada. Solo que, en cuanto vía de esa buscada y deseada modernidad racionalista, todo adquiere aquí tonos más escuetos, la geometría es más clara, la ornamentación ha sido anulada para primar la condición constructiva de los materiales utilizados.

Esta obra se enmarca con características destacadas, funcionalmente únicas, en el esfuerzo del autor a principios de los años treinta por adecuar su práctica a las corrientes internacionales, de las cuales el fue el más destacado representante en la historia de la arquitectura en Cantabria, una estética clasificada dentro de la corriente racionalista.

La obra de las Escuelas de los Corrales de Buelna se inserta, pues, en pleno proceso de adaptación de la tradición hacia la modernidad, hacia la arquitectura racional, entendida esta tanto según los procesos constructivos, como según la valoración de sus formulaciones materiales y compositivas.

 

CONCLUSIONES Y VALORACION FINAL

Por las explicaciones y argumentos esgrimidos, que desearíamos que fuesen compartidos por todos los responsables de la conservación de la obra que nos ocupa, entendemos que debe ser protegida, conservada, rehabilitada, devuelta a cumplir su programa original, o, en su caso, a uno adecuado según el aprovechamiento de los espacios originales, de acuerdo a la función para la que fueron concebidos, proyectados y construidos.  

Las autoridades locales y regionales, las instituciones de todo tipo, en cuanto responsables de velar por el patrimonio histórico de Cantabria, han de ser sensibles ante la conservación del patrimonio artístico, arquitectónico y paisajístico de la región, que es un bien en términos de memoria histórica, pero que además lleva implícita una apuesta por los valores que puede seguir aportando en el futuro ese patrimonio. Es el caso del ejemplo que nos ocupa: se trata de una de las escasas muestras, la única de tipología escolar, que se enmarca en la fase de transición de la arquitectura de Cantabria del Regionalismo al Racionalismo.  

No se entendería, bajo ningún concepto, que obras de este tipo no recibieran otro tratamiento que el de su cuidadosa restauración; que se entendiera, disfrutara, y enseñara como un bien del catálogo de la localidad, y como una muestra de la obra del autor, merecedor de un estudio y de mayor conocimiento y proyección pública.  

Según nuestro criterio fundado, a las Escuela de Los Corrales de Buelna se le han de aplicar de inmediato las figuras de protección que la actual Ley de Patrimonio dispone, con el fin de garantizar su integridad, y con ello, por lo mismo, pasar a formar parte de los Bienes del Patrimonio Cultural de Cantabria, un Patrimonio que lo es de todos. Esa misma sensibilidad que reclamamos debiera ser la ocasión para reflexionar, debatir y crear un Catálogo de Protección de la Arquitectura Moderna de Cantabria, un Patrimonio de otra manera seguirá corriendo el riesgo de su destrucción irreversible.

 

Valladolid, 22 de febrero de 2005  

Fdo.

RAMON RODRIGUEZ LLERA